Collective Arts, una cervecera de Hamilton, aconseja a sus clientes que beban con creatividad mientras lanza una IPA llamada Ransack the Universe y una porter llamada Stranger than Fiction. La guerra comercial con Estados Unidos les ha quitado casi el veinte por ciento de sus ventas y los obliga a elegir entre trasladar parte de la producción al sur o reforzar el mercado canadiense. El director ejecutivo Matt Johnston busca crear una empresa que resista cualquier capricho político sin depender de un solo país.
Las barreras han dejado casi en cero los envíos de cerveza a través de la frontera más larga del mundo. Varias provincias canadienses retiraron las bebidas estadounidenses de sus tiendas y Trump respondió prohibiendo importaciones canadienses desde finales de septiembre. El sector artesanal, que mueve cerca de treinta mil millones de dólares, ahora lidia con costos al alza y una demanda que cambia de un día para otro.
Los pequeños productores de ambos lados siempre pensaron que una marea alta levanta todos los barcos, pero la visión de suma cero de Trump ha roto esa camaradería. Casi mil microcervecerías han cerrado en los últimos dos años, en parte por la presión de los precios. El aluminio canadiense para las latas se ha encarecido tanto que cada envase podría costar hasta ocho céntimos más al consumidor.
Christine Comeau, de la Asociación Canadiense de Cerveceros Artesanales, advierte que las empresas familiares se convierten en daños colaterales. El turismo cervecero, las colaboraciones y el intercambio de conocimientos entre ambos países están en riesgo. Lo que antes se veía como un sistema norteamericano ahora parece una colección de fronteras cerradas.
Johnston insiste en que la diversificación ya no es solo geográfica, sino también de categorías: cerveza sin alcohol, bebidas energéticas y agua. Mientras tanto, los cerveceros esperan que las negociaciones entre Trump y el primer ministro Carney den algún respiro antes de que la cebada se convierta en el próximo campo de batalla.



