Novak Djokovic, el tenista que ha pasado más tiempo en la pista que en una reunión familiar, decidió romper su silencio habitual para aplaudir el triunfo de una lista estudiantil que acabó con catorce años de reinado de Aleksandar Vucic. El serbio, que parece más patriota que el águila del escudo, soltó la frase mágica: “El pasado es pasado”, como si estuviera borrando de un plumazo una telenovela de corrupción, protestas y marquesinas que se caen a pedazos.
El cambio llegó tras el derrumbe de la estación de Novi Sad, donde murieron dieciséis personas. Lo que empezó como un reclamo por responsabilidades terminó convirtiéndose en un movimiento estudiantil masivo que bloqueó universidades y llenó las calles. Al final, la lista encabezada por Ilija Srdanovic se llevó el 52,7 por ciento de los votos y ciento cuarenta bancas. Vucic reconoció la derrota con la elegancia de quien pierde el control remoto en plena final de fútbol.
Djokovic, que lleva dos años apoyando discretamente a los estudiantes, se mudó a Grecia el año pasado para huir de tabloides oficialistas que lo llamaban “falso patriota”. Ahora, en París, antes del Masters 1000, solo atinó a decir que representa a su pueblo y no al gobierno, y que espera que todo salga “excelente y próspero”. Como si el país fuera un coche viejo que necesita cambio de aceite y un poco de fe.
A sus treinta y nueve años, el tenista llega al torneo con molestias físicas que dice estar “cerca de resolver”, mientras sigue soñando con que Serbia deje atrás el culto a la personalidad. Entre tanto, el resto del planeta se pregunta si el próximo gesto de apoyo vendrá desde la línea de fondo o desde una manifestación universitaria. Por ahora, Djokovic solo pide un nuevo comienzo. Y que nadie le pregunte por el pasado.




