El vicepresidente José Manuel Restrepo soltó la advertencia como quien avisa que se acaba el aire en el globo: sin la ley de ajuste antes de diciembre, Colombia entra en impago el año que viene. El déficit podría superar el nueve por ciento del producto interior bruto y el país se quedaría sin forma de pagar sus cuentas básicas. Restrepo lo resumió con la elegancia de un cobrador de deudas: o se aprueba el rescate o se va todo al carajo.
El proyecto permitiría recortar gasto inútil, revisar ingresos que están atados a fines específicos y achicar la administración pública. La mayor parte del ajuste vendría de más impuestos, algo que ya genera rechazo en el Senado. Los del Centro Democrático dicen que sí a bajar el tamaño del Estado, pero se niegan en redondo a subir la carga fiscal a la gente que ya está ahogada.
Sin la ley, Restrepo pinta un panorama de recesión, inflación desbocada e incluso hiperinflación, con más de un millón de personas cayendo en la pobreza. El hueco de financiación ronda entre ochenta y noventa billones de pesos, una cifra que da vértigo hasta a los contadores más curtidos. El Gobierno ya aprobó el presupuesto de dos mil veintisiete por decreto, fijando el gasto en seiscientos treinta y cinco billones, y los inversores empiezan a sudar.
Restrepo lo comparó con una moneda de dos caras: ajuste fiscal por un lado y crecimiento por el otro. Si no se aprueba, la confianza de los mercados se va al suelo y el Estado apenas podrá pagar la luz del Congreso. El mensaje final fue directo: o nos salvamos o estamos perdidos, sin más opciones que el abismo.




