En la lejana Ereván, casi doscientos países se reunieron para firmar un pacto que supuestamente impedirá que la naturaleza se convierta en un solar antes de 2030. Los delegados aplaudieron como si hubieran ganado la lotería, aunque en realidad solo lograron aplazar la ruina con más promesas que nunca se cumplirán.
El presidente de la cumbre golpeó el mazo y declaró que todo estaba perfecto, a pesar de que las versiones finales de los textos ni siquiera estaban impresas. Parecía más una rifa de pueblo que una cumbre de la ONU. Mientras tanto, el mundo sigue sin cumplir ni uno solo de los objetivos firmados en 2022, como proteger el treinta por ciento de la tierra y los océanos o dejar de envenenar todo con fertilizantes y petróleo.
Las discusiones se pusieron tensas cuando alguien mencionó que hace falta setecientos mil millones de dólares extra cada año para no convertir el planeta en un vertedero. La Unión Europea señaló con el dedo a China y otros países ricos para que pagaran, como cuando en una comida familiar uno pide que el que más gana pague la cuenta.
El Fondo Cali, creado para repartir beneficios con países pobres, ha recaudado hasta ahora la impresionante cantidad de diez mil dólares. Suficiente para comprar café para media reunión y poco más. Los países que dependen del petróleo intentaron suavizar los informes científicos, como quien pide que el médico no mencione el cigarrillo en el diagnóstico.
Ecuador quedó elegido para organizar la siguiente cumbre en 2028. Ojalá para entonces la naturaleza siga existiendo y no sea solo un recuerdo en las fotos de los delegados.




