El mercado laboral estadounidense sigue tan estable que parece una broma pesada para quien espera despidos masivos. Las nuevas solicitudes de prestaciones bajaron mil unidades y quedaron en 194 mil la semana pasada, muy por debajo de lo que pronosticaban los analistas. Esa cifra apenas se aleja del récord de 189 mil alcanzado en julio, el nivel más bajo desde 1969.
Los economistas describen la situación como de pocas contrataciones y pocos despidos, como si las empresas hubieran decidido jugar a las escondidas con el empleo. Los beneficios sólidos y la demanda interna resistente mantienen a los jefes reacios a echar gente, aunque la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán los hace pensar dos veces antes de ampliar plantilla. El resultado es un equilibrio tan precario que parece sostenido con cinta adhesiva.
Las solicitudes continuadas también bajaron hasta 1,7 millones, lo que indica que quienes ya cobran el subsidio no encuentran trabajo nuevo con facilidad. Esa misma semana coincidió con la encuesta de hogares que mide la tasa de desempleo, que cerró septiembre en 4,2 por ciento y podría repetirse o incluso mejorar. Los consumidores, según una encuesta reciente, se muestran más optimistas con el empleo, aunque nadie explica cómo se mantiene esa calma.
La reducción de la población activa, impulsada por las restricciones migratorias del gobierno de Donald Trump, ayuda a mantener la tasa baja sin necesidad de crear puestos nuevos. Mientras tanto, la Reserva Federal mantuvo su tasa de interés entre 3,75 y 4 por ciento y advirtió que la inflación sigue elevada, con la vista puesta en un posible aumento en diciembre. Kevin Warsh, presidente de la Fed, celebró que el empleo va bastante bien, como si el resto del mundo no estuviera en llamas.
Al final, el mercado laboral parece un bar donde nadie se va pero tampoco entra nadie nuevo, y los dueños solo sirven tragos mientras esperan que no estalle la próxima noticia internacional.




