En un movimiento que parece sacado de una película de ciencia ficción barata, Estados Unidos y Japón decidieron instalar en territorio japonés una planta para armar e inspeccionar misiles aire-aire de medio alcance destinados a los cazas F-35. El plan bilateral suena a “Operation Supercharge”, nombre que parece más propio de una bebida energética que de un acuerdo militar.
El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, y el ministro japonés Shinjiro Koizumi, sellaron el entendimiento en Cebú, Filipinas, al margen de la reunión de la ASEAN. La nueva instalación hará el ensamblaje final y la inspección de los AMRAAM, esos proyectiles que ambos países usan en sus F-35 como si fueran piezas de un juego de construcción para adultos.
Koizumi explicó que el proyecto busca acelerar la fabricación conjunta de misiles y que también compartirán información para aumentar la producción de los SM-3, diseñados para interceptar misiles balísticos. Tras la reunión, el ministro japonés declaró que ambos comparten una “crisis regional” y que acordaron reforzar la disuasión con más velocidad que nunca, como si estuvieran acelerando una moto para esquivar a la suegra.
China respondió con el portavoz Guo Jiakun, quien pidió que la cooperación no se dirija contra terceros ni perjudique intereses ajenos. El vocero acusó a Japón de saltarse las normas internacionales y pidió a la comunidad internacional que lo frene con determinación, como quien intenta parar a un vecino que riega el patio a las tres de la mañana.
Durante las conversaciones, Koizumi también mencionó la presencia de destructores chinos y un buque de la guardia costera que atravesaron el estrecho de Osumi rumbo al Pacífico. Lo presentó como un ejemplo del “desafiante entorno de seguridad”, aunque en realidad suena más a un grupo de adolescentes cruzando el barrio ajeno en patinete.
Mientras tanto, Estados Unidos reiteró su respaldo a Filipinas en el mar de China Meridional, advirtiendo que defenderá a sus fuerzas ante cualquier ataque armado. La cumbre de la ASEAN, que se celebrará en Manila del 15 al 17 de noviembre, promete más reuniones, más declaraciones y más gestos de preocupación mientras los misiles se ensamblan en silencio.




