El regreso de María Corina Machado a Caracas se parece a una película de superhéroes que se quedó atascada en la aduana. Miles de venezolanos salieron a recibirla con banderas y lágrimas, como si alguien hubiera abierto la nevera después de un año de dieta forzada. La escena resultó emotiva para quien haya visto el país pasar de la abundancia al racionamiento en tiempo récord.
La heroína llega justo cuando Washington y otros jugadores miden el petróleo con calculadora en mano. Su presencia recuerda que ninguna transición avanza si la gente no ve un futuro que no sea pura promesa electoral. Al día siguiente de su llegada, el Departamento de Estado soltó su plan más detallado hasta ahora: un nuevo Tribunal Supremo para diciembre y reforma del Consejo Nacional Electoral poco después.
La idea es que en seis meses de funcionamiento de ambas instituciones se puedan convocar elecciones legislativas y presidenciales, lo que apunta a finales de 2027 o principios de 2028. Machado, excluida de las negociaciones directas, debe decidir si presiona como locomotora o espera como quien hace fila en el banco. Si aprieta demasiado, podría descarrilar las conversaciones de reconciliación que lleva Marco Rubio con el gobierno.
Reconstruir el CNE exige nombrar gente independiente, formar equipos, cambiar el sistema, rehabilitar partidos y actualizar el registro de millones de expatriados. Todo eso lleva meses, no un fin de semana con asado. Las encuestas siguen dándole a Machado el primer lugar en popularidad, por lo que su mayor riesgo es impacientarse y exigir lo imposible antes de que las instituciones estén listas.
Rubio ya advirtió que la democracia no se logra con protestas callejeras sino con un proceso ordenado. Machado tendrá que aceptar concesiones que nunca le gustaron si quiere que el chavismo, debilitado y cada vez más impopular, no vuelva a atragantarse con el poder. La oportunidad es real, pero solo si resiste la tentación de correr antes de que las piernas nuevas estén firmes.




