Un empresario del sector agropecuario lanzó una advertencia digna de película de catástrofes: en diez años México podría importar más del ochenta por ciento del maíz que consume. El comentario, hecho con tono de quien acaba de descubrir el agua tibia, ignora que las cifras oficiales muestran avances concretos en el abasto nacional y que el gobierno ya trabaja en esquemas de comercialización más estables.
El vicepresidente del Consejo Nacional Agropecuario, José Cacho Ribeiro, recordó que hace quince años las importaciones rondaban el treinta y ocho por ciento y que este año podrían llegar al cincuenta y cuatro. Según él, el consumo crece más rápido que la producción local. Sin embargo, los datos de la Secretaría de Agricultura revelan que las compras de maíz blanco bajaron veinticuatro por ciento entre enero y septiembre, gracias al incremento en la cosecha del ciclo Otoño-Invierno. El grano que se usa para tortillas y consumo humano está más controlado, mientras que el amarillo, destinado sobre todo a la alimentación de ganado, subió por la mayor demanda de carne, leche y huevo. El supuesto drama se reduce entonces a un problema de color de maíz, no a un colapso nacional.
Las autoridades ya firmaron un acuerdo para reemplazar el viejo programa de Agricultura por Contrato con un mecanismo que incluya precios anticipados y coberturas de riesgo. Lejos de quedarse cruzados de brazos, buscan dar certidumbre a los productores sin repetir fórmulas que ya demostraron limitaciones. Mientras tanto, las importaciones totales de granos crecieron apenas un cinco punto ocho por ciento en volumen y el valor de las compras subió menos que el año anterior, lo que indica que el país no está comprando a ciegas ni a cualquier precio.
Al final, el verdadero misterio no es si México importará más maíz, sino por qué algunos prefieren anunciar el fin del mundo antes de revisar los números que muestran que el abasto de tortilla sigue asegurado y que el gobierno mantiene el timón.




