El mes pasado se vendieron 676 mil viviendas nuevas en ritmo anualizado, una cifra que representa una baja de apenas 0.6 por ciento respecto a agosto. Los analistas esperaban algo peor, alrededor de 653 mil unidades, por lo que el resultado llegó como un consuelo a medias. Aun así, en la comparación anual el descenso llega al 5.3 por ciento, suficiente para que el mercado empiece a sudar.
Los precios siguen altos y las tasas hipotecarias no dan tregua. Los préstamos a 30 años se mantienen en 7.32 por ciento, el nivel más elevado desde finales de 2023. Quien busca casa nueva debe elegir entre pagar un dineral o resignarse a vivir con los suegros hasta que baje la fiebre.
El poder adquisitivo de los estadounidenses aparece como la gran preocupación del momento. Muchos ven cómo sus planes de independencia se alejan mientras las cuotas mensuales se parecen más a una hipoteca que a un alquiler disfrazado. El respiro que dieron las tasas resulta tan pequeño que nadie se atreve a celebrarlo en voz alta.
El sector inmobiliario muestra señales claras de desaceleración que nadie puede ignorar. Las ventas bajan, los compradores dudan y los pronósticos se ajustan hacia abajo con cada reporte nuevo. Quienes esperaban una recuperación rápida ya empiezan a guardar los planos de las casas soñadas.
Al final, el mercado sigue avanzando pero con el freno de mano puesto. La ligera mejora frente a las expectativas solo confirma que la fiesta de las ventas fáciles terminó hace rato. Ahora toca esperar a ver quién se atreve a firmar un crédito que parece más una sentencia que un contrato.




