Los operadores de São Paulo amanecieron el lunes con cara de quien perdió la apuesta del mundial en la final. Lula derrotó a Flávio Bolsonaro por un puñado de votos y el Ibovespa ya preparaba la maleta para irse de vacaciones sin avisar. Los primeros contratos de futuros del real parecían haber sido escritos por un guionista de comedia negra: 5,55 reales por dólar, o sea, una caída que dolía más que la resaca después de un churrasco con caipiriña.
En Tokio y Nueva York los ETF brasileños se hundían como submarinos sin oxígeno. Uno perdió 27 % antes de que abriera Wall Street y otro cayó 15 % en Japón, su peor día desde que el mundo aún creía que el 2008 era solo un mal sueño. Las mesas de operaciones en São Paulo ya hablaban de circuit breakers activados antes del primer café, como si el mercado fuera un ascensor que decide bajarse en el piso menos uno.
Los analistas que apostaban por Bolsonaro se quedaron con cara de quien compró entradas para un concierto cancelado. Monte Bravo preveía una caída del 11 % en la primera hora. Citigroup había encuestado a 73 inversores que esperaban al menos un 5 % de depreciación del real y un alza de más de un punto en las tasas de swaps. Todos querían recortes de interés; Lula les recordó que el presupuesto ya está más comprometido que una promesa de campaña.
Bruno Funchal, de Bradesco Asset, lo resumió con elegancia: “Va a ser un día difícil. El mercado va a recalibrarlo todo”. Traducido al español llano: “Agárrense, que viene la tormenta y nadie trajo paraguas”. Mientras tanto, el propio Lula, con sus 80 años y su estilo de político de izquierda que prefiere consumo y crédito antes que austeridad, ya tiene a los inversores preguntándose si el déficit fiscal seguirá creciendo como la cuenta del supermercado.
Los circuit breakers están listos para entrar en acción si el Ibovespa baja 10 %, 15 % o 20 %. Los derivados, más líquidos que el chisme de vecindario, tienen límites de 6 % en divisas y 90 puntos básicos en swaps. Si se tocan, se paran las operaciones y la bolsa decide cuánto tiempo dura el castigo. La última vez que se activaron fue en 2020, cuando la pandemia parecía un capítulo de ciencia ficción.
Ahora los inversores se preparan para una “recalibración inevitable”, como la llamó un estratega de Singapur. Algunos esperan que el real toque 5,30 o incluso baje otro 7 %. Otros advierten que el pánico puede activar órdenes de stop-loss como quien aprieta el botón de pánico en un ascensor atascado. Al final, como dijo una gestora de deuda emergente, “sigue siendo Brasil y Lula es un animal político”. O sea, el circo continúa, solo que esta vez los payasos llevan corbata y los malabares son con bonos del Tesoro.




