En un giro de guion más predecible que el final de una telenovela, el mandamás del Kremlin, Vladimir Putin, le soltó a un enviado especial estadounidense que, bueno, «en una de esas», Moscú podría considerar sentarse a tomar un té con Ucrania y Estados Unidos el próximo mes para hablar de sus cositas. La última vez que se vieron las caras fue cuando todavía creíamos que el 2024 sería un año normal, así que ya llovió.
Según el vocero oficial de chismes del Kremlin, Yuri Ushakov, la idea es armar un «sistema de seguridad» para cuando dejen de aventarse hasta los floreros. Un plan tan sólido como ponerle una curita a una herida de bala. El enviado gringo, un tal Steve Witkoff, acababa de regresar de un tour europeo donde se reunió con medio mundo, desde Zelenski hasta el primer ministro de Noruega, probablemente para intercambiar recetas de cocina y quejarse del clima.
Lo mejor del chisme es que, según el mismo Ushakov, Witkoff llegó con «nuevos enfoques» que resultaron ser tan útiles como un cenicero en una motocicleta. Al parecer, las ideas revolucionarias de Europa y Kiev no traían «gran cosa» para resolver el problemita. Durante las casi tres horas que duró el numerito, donde seguro hablaron más del precio del aguacate que de la paz, también repasaron el acuerdo para venderle diésel ruso a los yanquis. ¡Prioridades, señores!
Para rematar el sainete, Putin aprovechó para mandar un recadito sobre Irán, afirmando que «el potencial de la diplomacia está lejos de agotarse», lo que en lenguaje de a pie significa: «Con Teherán todavía se puede negociar, son nuestros compadres estratégicos, no me los toquen». Y así, entre promesas vacías y negocios de combustible, el show debe continuar. A ver si para el mes que viene agendan la reunión o les da flojera.




