Macron culpa a los piratas informáticos y a la Inteligencia Artificial por el desorden en su cuarto

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Mientras Francia ardía más que el asfalto en agosto y las calles parecían el escenario de una película de acción de bajo presupuesto, el presidente Emmanuel Macron, con la serenidad de un padre cuyo hijo acaba de pintar el sofá con kétchup, ha salido a explicar que todo está fríamente calculado. Desde Qatar, probablemente para tomar distancia y que no le llegara el humo, aseguró que su gobierno actúa «con método, serenidad y determinación», una frase que suena a eslogan de un yogur con fibra.

La joya de la corona de su discurso fue, sin duda, la de echarle la culpa a un enemigo invisible y moderno. Según el manual del buen gobernante que se lava las manos como Poncio Pilato, el caos no es por su gestión, sino por una «manipulación extranjera». Aparentemente, hay un ejército de troles internacionales con demasiado tiempo libre fabricando imágenes con Inteligencia Artificial para hacerle quedar mal, mostrando escenas que, según él, «nunca han ocurrido», como si en lugar de disturbios estuviéramos hablando de unicornios desfilando por los Campos Elíseos.

Para calmar a las masas embravecidas, que al parecer solo querían un poco de atención, Macron ha sacado su «hoja de ruta», un plan tan revolucionario como ponerle un toque de queda a un adolescente: sabes que no va a funcionar, pero te hace sentir que tienes el control. Promete «escuchar» las reivindicaciones legítimas de los jóvenes, probablemente asintiendo con la cabeza mientras piensa en la inmortalidad del cangrejo, para luego pedirles amablemente que dejen de usar los escaparates como diana.

En un arranque de humildad que duró aproximadamente siete segundos, Macron admitió que «quizá» no todo lo hizo perfectamente con la juventud, para luego volver a su deporte favorito: señalar a los demás. Con una sutileza digna de un elefante en una cristalería, soltó que «en momentos como estos, se ve quién ama a Francia y quién no». Básicamente, si criticas su gestión, no es que tengas una opinión diferente, es que eres un antipatriota que seguramente le pone piña a la pizza y prefiere el vino en cartón.

Y así, mientras el presidente galo combate molinos de viento digitales y reparte culpas como si fueran folletos, en la calle la gente sigue esperando soluciones que no sean un PowerPoint y una palmadita en la espalda. Pero tranquilos, que todo es culpa de un malvado programa informático con boina.

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