Justo cuando los inversionistas alemanes empezaban a creer que la vida les sonreía, después de cinco meses de pura buena vibra, llegó octubre para darles una cachetada de realidad con la mano abierta. Resulta que la confianza se fue al subsuelo, demostrando que la felicidad económica puede durar menos que un político cumpliendo una promesa. El instituto económico ZEW fue el encargado de dar las malas noticias, confirmando que la fiesta se acabó y que alguien tiene que pagar las cuentas.
El optimismo, que andaba por los cielos, aterrizó de emergencia y sin tren de aterrizaje, cayendo hasta los 28.1 puntos. Lo más gracioso es que los analistas, esos genios que leen el futuro en una bola de cristal, esperaban una caída más suavecita, hasta los 30 puntos. Se quedaron más cortos que explicación de adolescente llegando tarde a casa, demostrando una vez más que predecir la economía es como tratar de adivinar qué quiere cenar tu pareja.
El presidente del ZEW, un señor llamado Achim Wambach, salió a explicar lo que hasta un niño de primaria ya sospechaba: todo es culpa de los precios de la energía. Con una seriedad digna de un funeral, dijo que la gente no gasta y las empresas no invierten porque el recibo de la luz y la gasolina les está dando un susto de muerte. Básicamente, descubrió el hilo negro al afirmar que si todo es más caro, a la gente le queda menos dinero. ¡Qué revelación!
Como si fuera una mala racha en el dominó, el problema se contagió a los precios de producción, que registraron su mayor subidón en tres años y medio. La tan esperada recuperación económica, según el mismo Wambach, no es «autosostenible», lo que en español de barrio significa que está sostenida con pinzas y buenos deseos. Es como un castillo de naipes en medio de un ventilador encendido.
Pero atención, que aquí viene el giro argumental más absurdo de todos. A pesar de que el futuro se ve más negro que una conciencia de político, la percepción sobre la situación ¡actual! mejoró un poquito, pasando de -47.1 a -35.9 puntos. Es el equivalente a estar en un barco hundiéndose y celebrar que al menos el camarote ya no tiene goteras. Un optimismo tan ilógico que raya en lo admirable.
Para cerrar con broche de oro este circo, el Ministerio de Economía alemán salió a decir que la guerra con Irán no está afectando tanto como se temía. Una declaración que suena a «tranquilos, el golpe no nos mató, solo nos dejó en coma». Con este nivel de consuelo, es evidente que el gobierno alemán tiene la vara para medir las buenas noticias por los suelos.




