Agárrense los cinturones, porque la última telenovela geopolítica tiene más drama que un especial de Laura en América. Resulta que Elon Musk, el emperador de Marte y los memes, decidió que los drones ucranianos estaban usando demasiado internet y, como si fuera un padre molesto con la factura del teléfono, les bajó la velocidad del Starlink. De repente, una parte del arsenal aéreo de Ucrania pasó de ser tecnología de punta a convertirse en pisapapeles carísimos, desatando un culebrón de «él dijo, ella dijo» en Washington que ni los guionistas de Netflix se atrevieron a tanto.
El chisme, destapado por The Wall Street Journal, cuenta que Musk giró la perilla de «velocidad tortuga» justo cuando la cosa se ponía buena en el frente. La medida provocó en Kiev un ataque de pánico colectivo y en la administración de Donald Trump una cara de no entender nada, como cuando te explican la factura de la luz. Los drones, que antes volaban con la alegría de un repartidor de pizza en viernes, ahora se movían más lento que la fila del banco en quincena. Según los ucranianos, la conexión era tan mala que los misiles rusos pasaban saludando con la mano.
Aquí es donde la trama se pone buena. Tras el «apagón digital», Trump y Musk se echaron una llamadita, probablemente para ponerse de acuerdo en la excusa. Musk, en un acto de valentía tuitera, publicó que cualquier límite de velocidad lo decide el Ejército y el «mero mero» de la Casa Blanca, lavándose las manos como Poncio Pilato con gel antibacterial. Trump, por su parte, se hizo el desentendido ante la prensa con un glorioso «no sé quién fue, pero me gustaría averiguarlo», actuando más perdido que un pulpo en un garaje. Mientras tanto, Zelensky, el presidente ucraniano, advertía que sus compatriotas podían morir por una rabieta tecnológica.
En medio del caos, los funcionarios de la Casa Blanca y los de SpaceX intentaron coordinar una versión oficial, como dos amigos que chocan el coche del papá y necesitan una buena historia. El Secretario de Estado negó saber algo, el de Defensa dijo que el Pentágono no había ordenado nada y que SpaceX podía hacer lo que se le antojara con su servicio. Básicamente, la respuesta oficial fue un encogimiento de hombros gigante mientras sonaba música de circo de fondo.
¿Y por qué empezó todo este lío? Aparentemente, a Trump no le gustó que Ucrania estuviera atacando refinerías rusas, no por la guerra, sino porque «eso sube el precio de la gasolina a nivel mundial». Al parecer, el magnate estaba más preocupado por el tanque de su camioneta que por el conflicto. Musk se sumó al berrinche tuiteando que Zelensky «había ido demasiado lejos». Cuatro días después, ¡zas!, internet lento para todos. Ahora, Ucrania está esperando una respuesta oficial, en una situación que se parece cada vez más a llamar al servicio técnico para que te arreglen el módem mientras tu casa está en llamas.




