La reforma de 40 horas es la tarea que 9 de cada 10 jefes dejaron para el final

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En el gran teatro del absurdo laboral mexicano, se avecina un cambio de guion monumental: la jornada de 48 horas semanales tiene los días contados. La nueva ley, que promete reducirla a 40 horas para 2030, se acerca como esa visita de la suegra que todos saben que va a ocurrir pero que nadie prepara. La reducción será gradual, como quien intenta dejar de fumar bajando un cigarro por año, empezando con 46 horas en 2027 y terminando en el paraíso de las 40 para el fin del sexenio de Sheinbaum.

Un estudio reciente de Adecco, esa empresa que sabe más de tu currículum que tu propia madre, ha destapado la tragicomedia. Resulta que 9 de cada 10 empresas en México están enteradas del chisme, pero su nivel de preparación es similar al de un estudiante que va a un examen final habiendo visto solo los memes del tema. Es un conocimiento superficial, como saber que el sol quema pero igual ir a la playa sin bloqueador, esperando un milagro.

Las cifras son para llorar de la risa. Mientras el 90.2% de las organizaciones asiente con la cabeza cuando se les menciona la reforma, solo una de cada cuatro (un mísero 24.6%) ha sacado la calculadora para ver de qué tamaño será el golpe financiero. El resto se divide entre los que «están en proceso» de hacer los cálculos, que es el equivalente corporativo a «mañana empiezo la dieta», y un valiente 32.2% que ni siquiera ha comenzado el ejercicio, viviendo en una feliz y peligrosa negación.

Ante el pánico incipiente, las soluciones que se barajan son dignas de un capítulo de ciencia ficción. Más de la mitad de las empresas (57.6%) ya está pensando en reclutar a la inteligencia artificial para que resuelva el acertijo, probablemente esperando que un robot les organice los turnos mientras les sirve el café. Otro 13.2% ya aprobó inversiones en automatización, mientras que el resto sigue evaluando si es más barato comprar un par de robots o ponerle un altar a algún santo de la productividad.

Al final del día, el verdadero reto no es trabajar menos, sino evitar que las ganancias se encojan como suéter de lana en la secadora. Mientras los directivos sudan frío rediseñando el universo operativo, el empleado promedio ya fantasea con las posibilidades de ese fin de semana más largo. La conclusión es clara: la reforma ya es un hecho y a las empresas les ha pillado con los pantalones bajados, demostrando una vez más que en México, dejar todo para el último minuto no es un defecto, es una tradición nacional.

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