¡Abróchense los cinturones, que el Parlamento polaco se ha convertido en el escenario de la telenovela más intensa del continente! Este martes, sus señorías van a votar si sus leyes sobre el aborto siguen estancadas en la Edad Media o si, por un milagro, se animan a entrar al siglo XX (del XXI ya ni hablamos). Tienen sobre la mesa dos propuestas, como si no pudieran decidirse entre dos sabores de helado igual de complicados.
El primer proyecto, impulsado por la pandilla del primer ministro Donald Tusk y sus amigos de La Izquierda, es básicamente una propuesta revolucionaria: ¡dejar de meter a la gente en la cárcel por ayudar a una mujer! Una idea tan loca que podría funcionar. Hasta ahora, echar una mano te podía costar tres años a la sombra, un castigo más severo que ponerle piña a la pizza delante de un italiano.
El segundo plan es más modesto, como el que pide perdón a su ex para ver si cuela. Este quiere darle al botón de rebobinar y anular una decisión del Tribunal Constitucional de 2020, que con la empatía de una roca decidió que las malformaciones fetales graves no eran razón suficiente para interrumpir un embarazo. Antes de esa genialidad, el 98% de los abortos legales eran por esa causa, así que imagínense el fiestón.
La cosa es que Tusk prometió relajar las reglas para ganar las elecciones, pero su coalición de gobierno está más dividida que una familia discutiendo por los terrenos de la abuela. Mientras unos quieren una fiesta loca, otros solo quieren que la música no esté tan fuerte. Actualmente, el aborto en Polonia es legal solo en dos situaciones extremas, básicamente si tu vida corre más peligro que un vegano en una parrillada o si el embarazo es producto de un crimen.
Y para rematar este circo, aunque los diputados lograran ponerse de acuerdo y aprobar algo, el presidente del país, un señor conservador con poder de veto, está esperando en su despacho con un sello gigante que dice «NO». Es como organizar el mejor viaje de tu vida sabiendo que tu papá no te va a prestar el coche. El resultado es un misterio, la tensión es máxima y el sentido común, como siempre, es el gran ausente.



