En un giro argumental más predecible que el final de una telenovela, Brasil se prepara para elegir a su próximo líder en una segunda vuelta que tiene a todos con los nervios de punta. El país llega a la cita con una economía que, sorprendentemente, aún respira y hasta presume de músculos en agricultura y petróleo. Sin embargo, por debajo de la mesa, la cuenta fiscal es un desastre tan monumental que haría llorar al gerente de un banco en quiebra.
El meollo del asunto, según nos chismea la analista Emanoelle Santos, no es solo que Brasil deba hasta la camisa, sino que paga unos intereses más altos que los de una tarjeta de crédito departamental. Este pequeño detalle se devora los recursos del gobierno como si fueran bocadillos en fiesta de quinceañera, dejando al próximo presidente con menos margen de maniobra que un contorsionista en una caja de zapatos. Es como heredar una mansión que se cae a pedazos y solo tener dinero para cambiar un foco.
El problema es que el presupuesto nacional está más amarrado que político a su curul. Más del 90% del gasto ya tiene nombre y apellido, dejando una miserable tajada del 0,3% del PIB para gastos «flexibles», lo que alcanza para comprar un paquete de chicles y quizás un café. Por eso, la idea de hacer un ajuste «serio» cerrando un par de oficinas es tan efectiva como intentar vaciar el océano con un vasito de plástico.
Aquí es donde los dos candidatos sacan sus «varitas mágicas». Por un lado, Bolsonaro propone la dieta del faquir: apretarse el cinturón, vender las joyas de la abuela (privatizaciones) y rezar para que los mercados se lo crean. Su plan es reducir el gasto y la carga tributaria, esperando que la confianza de los inversores aparezca como por arte de magia, aunque nadie sabe muy bien de dónde saldrá el conejo del sombrero.
Del otro lado, Lula parece apostar por la vieja confiable: si la casa se incendia, échale más gasolina en forma de inversión pública. Su estrategia es usar a gigantes como Petrobras para financiar una fiesta de infraestructura y proyectos, con la esperanza de que el crecimiento pague la cuenta. El riesgo, claro, es que el mercado vea esto como una invitación a una barra libre con cargo al erario público y suba las tasas de interés hasta el cielo, aguando la fiesta para todos.
Al final, la recomendación de los que saben es olvidarse de los discursos y ponerle un ojo al mercado de deuda, que es el verdadero detector de mentiras. Antes de apostar por un candidato, mejor fíjense si los prestamistas están sonriendo o corriendo hacia las colinas. Porque gane quien gane, la cruda realidad fiscal seguirá esperando en la puerta, lista para cobrar la cuenta.



