En una movida que suena sacada de un programa de renovación de casas, pero con más óxido y riesgo de derrame ecológico, la administración Trump ha revelado su plan maestro: acoger a los barcos petroleros parias del mundo, darles una mano de pintura y ponerlos a trabajar del lado de los «buenos». Según Chris Wright, el secretario de Energía, la idea es simple: comprar los cacharros sancionados, darles una pulida y lanzarlos de nuevo al mar para que transporten crudo de manera legal, como si acabaran de salir de un retiro espiritual.
El propio Wright lo describió con la sutileza de un niño explicando las reglas del patio: «Vamos a trasladar algunos de los buques de lo que yo denomino la ‘flota de los malos’ a la ‘flota de los buenos'». Básicamente, es un programa de reinserción social para petroleros que se portaron mal, con la esperanza de que ya no anden en malas compañías transportando petróleo sancionado. Faltó que les pusieran una tobillera electrónica para asegurarse de que no vuelvan a las andadas por el estrecho de Ormuz.
Por supuesto, el secretario se apresuró a aclarar que esto no es un «borrón y cuenta nueva» para los barcos que trabajaban para países como Rusia o Irán. «No se trata de levantar sanciones», insistió, con la misma cara seria de quien te jura que ese reloj de marca que vende en la calle es original. «Estamos convirtiendo petroleros clandestinos en petroleros legítimos», afirmó. Una transformación más milagrosa que convertir el agua en vino, pero con más burocracia y olor a diésel.
Este repentino ataque de altruismo naviero tiene, cómo no, una explicación mucho más terrenal: las elecciones de mitad de legislatura están a la vuelta de la esquina y el precio de la gasolina tiene a los votantes más calientes que motor de vocho en subida. Con los costos de transporte por las nubes —enviar petróleo desde el Golfo Pérsico a Asia cuesta seis veces más que antes—, la administración necesita urgentemente más barcos en el agua, aunque tengan un historial más turbio que el agua de un charco.
Para rematar la genialidad, Wright también soltó la perla de que este plan podría servir de incentivo para que Vladímir Putin le baje dos rayitas a su conflicto en Ucrania. La lógica es de una simpleza aplastante: si Putin deja de gastar tanto diésel en la guerra, le sobrará para venderlo al mundo. Un plan de paz basado en la oferta y la demanda de combustible. Una jugada maestra que seguro nadie vio venir y que sin duda alguna resolverá todos los problemas del planeta.



