Resulta que los mandamases del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial se juntaron en Bangkok para su reunión anual de vecinos, y la conclusión es para alquilar balcones. Según Kristalina Georgieva, la jefa del FMI, el ambiente fue una mezcla de «optimismo» y «preocupación», lo que en buen cristiano significa que están tan confundidos como el resto de nosotros. Por un lado, aplauden que la economía mundial aguanta más vara que burro de carga, el dinamismo de Asia y las maravillas de la Inteligencia Artificial (IA).
Pero aquí viene lo bueno: esa misma Inteligencia Artificial que aplauden también les da más miedo que una factura de luz en verano. La IA es como ese nuevo empleado brillante que resuelve todo, pero que secretamente sospechas que planea reemplazarte con una tostadora. Georgieva advirtió que depender solo de la IA es como «pararse en una sola pierna», la receta perfecta para terminar de narices en el suelo, especialmente cuando el otro pie está atrapado en el fango de la inflación, las deudas y las guerras.
Y hablando de deudas, la cosa está más apretada que tornillo de submarino. El FMI soltó la sopa: la inflación es «un impuesto a los pobres», la forma más elegante de decir que a los que menos tienen les están vaciando los bolsillos sin necesidad de un asalto. Para los países de bajos ingresos, la tajada de sus ingresos que se va en pagar deudas saltó del 8% al 14%. Básicamente, trabajan solo para pagarle al agiotista internacional antes de poder comprar el pan.
Ante este panorama desolador, el FMI afirma tener la «responsabilidad» de ayudar. Sus soluciones mágicas incluyen reestructurar deudas, atraer financiamiento y crear «condiciones propicias» para la inversión, frases que suenan tan prometedoras como el «ya te llamamos» de una entrevista de trabajo. Todo esto, dicen, para que «mejore la vida de las personas», una afirmación que debería venir con un asterisco y letra pequeña.
Para cerrar con broche de oro, apareció Kevin Warsh, de la Reserva Federal de Estados Unidos, con cara de sorpresa genuina. El hombre confesó estar asombrado de que la economía mundial no haya explotado todavía, a pesar de todos los golpes que ha recibido. Es como el que espera un choque de trenes y solo ve un ligero rayón en la pintura, una resistencia que nadie había previsto hace seis meses y que demuestra que, a veces, el mundo sigue girando por pura terquedad.



