Francia, la tierra del amor, el vino y los croissants, decidió que le faltaba un poquito de emoción a su fin de semana y organizó una parrillada urbana masiva donde el plato principal fueron coches, tiendas y uno que otro ayuntamiento. El resultado fue una fiesta tan memorable que más de 1.200 personas terminaron con una invitación exclusiva para dormir en los calabozos del Estado.
El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, que claramente no fue invitado a la fiesta, se levantó con el pie izquierdo y dijo “se acabó la guasa”. Con el ceño más fruncido que un calcetín viejo, ordenó a los fiscales que no se anduvieran con chiquitas y pidieran prisión para todo aquel que haya confundido a un policía con una piñata o a un comercio con una barra libre. «Respuesta judicial extremadamente firme», tuiteó, que en lenguaje de político significa: «Se van a enterar de lo que vale un peine».
Y como en toda telenovela que se respete, no podía faltar la villana que aprovecha el caos. Marine Le Pen, sacando punta a su lápiz electoral, culpó a la ultraizquierda de Jean-Luc Mélenchon de ser los aguafiestas que siempre terminan rompiendo la vajilla. «¡Ven! ¡Se los dije!», escribió en X, mientras probablemente se frotaba las manos pensando en los votos que le lloverían. Según ella, la izquierda convirtió una manifestación legítima en un episodio de demolición total, todo para precipitar al país al caos, que casualmente es el ambiente donde su discurso brilla más.
Mientras tanto, el presidente Emmanuel Macron, con cara de padre regañando a sus hijos por rayar el coche nuevo, advirtió que los responsables serán castigados. Intentando poner orden en el gallinero, pidió un «frente unido frente a los sembradores de caos», una frase que suena muy bien pero que en la práctica es como intentar organizar una coreografía en medio de una estampida de ñus.
La raíz del problemita es un ajuste fiscal de 54.000 millones de euros, lo que demuestra que a nadie le gusta que le metan la mano al bolsillo, especialmente cuando ya no queda ni pelusa. La convocatoria reunió a una mezcla tan ecléctica como el menú de un restaurante de fusión: chalecos amarillos, jóvenes con ganas de marcha, agricultores, maestros y jubilados. Los organizadores dicen que eran 800.000; el gobierno, que 550.000. Una diferencia de 250.000 personas que, al parecer, se perdieron buscando el baño.



