Cuando creías que los dramas solo pasaban en las telenovelas, llega el mercado agrícola para demostrarte lo contrario. Resulta que Estados Unidos, que se sentía el rey del mambo en la producción de sorgo, ahora tiene que mirar por encima del hombro. ¿El culpable? Brasil, que con la samba en los pies y la maquinaria a todo vapor, ya les quitó el liderato en soja y algodón y ahora viene por este humilde cereal.
El epicentro de este chisme de mercado es, cómo no, China. El gigante asiático es el principal cliente, pero es más impredecible que el clima en abril. Un día te compran sorgo por más de 2,000 millones de dólares para alimentar a sus cerdos y fabricar su famoso licor baijiu, y al día siguiente, por un berrinche comercial de algún presidente, te bajan el pedido a unos miserables 186 millones. Con esa bipolaridad, los agricultores estadounidenses no saben si sembrar sorgo o ponerse a vender limonada.
La situación tiene a los productores gringos más confundidos que un camaleón en una tienda de pinturas. La producción en Estados Unidos va en picada, con una caída prevista del 33%, porque ya nadie se anima a apostar por un grano con un futuro tan incierto. De hecho, algunos, como el agricultor Brad Dusenbery, ya mandaron al diablo el mercado de exportación y están construyendo su propio molino para hacer harina. Es el equivalente agrícola de decir «me salgo del grupo de WhatsApp familiar».
Mientras en el norte lloran, en Brasil están de fiesta y frotándose las manos. Allá, el sorgo se ha vuelto el cultivo de moda, sembrándolo como si no hubiera un mañana después de la cosecha de soja. Su producción se ha duplicado en cuatro años y los expertos proyectan que para 2031 podrían alcanzar los 10 millones de toneladas. Para colmo de males gringos, una empresa china ya cargó el primer barco de sorgo brasileño, oficializando el romance.
Al final del día, la moraleja de este cuento es que China no quiere poner todos sus huevos en la misma canasta. Un portavoz brasileño lo dijo claro: Pekín no quiere depender de un solo proveedor, así que le abre la puerta a Brasil para que entre a la fiesta. Así que mientras los brasileños celebran su nuevo negocio, los estadounidenses aprenden a la mala que en el comercio global, igual que en el amor, no hay nada seguro.



