Parece que en la gran kermés de la geopolítica, mientras unos ponen el puesto de «sanciones y castigos ejemplares», otros se escapan a comprarle los churros al enemigo. La Unión Europea, con la vena del cuello a punto de reventar, le recordó a todo el mundo que su plan de poner a Rusia a dieta forzosa sigue en pie, justo después de que Donald Trump decidiera que era un buen momento para invitar a Vladímir Putin a un bufet libre de combustible.
Mientras en Bruselas se devanaban los sesos para aprobar el paquete de sanciones número veintidós, que suena más a una temporada de una serie interminable que a una estrategia política, Trump sacó su teléfono y, al más puro estilo de quien pide una pizza, le encargó a Putin casi cinco millones de toneladas de diésel. El argumento del magnate fue que era por el «interés nacional», una frase que en política suele traducirse como «porque se me dio la gana y a ver quién me dice algo».
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, que ya había aplaudido el plan original de sanciones como si fuera el gol que le da el mundial a su equipo, ahora debe sentir que Trump no solo metió un autogol, sino que además se fue a celebrarlo con la afición contraria. «¡No levantaremos ni una sola sanción hasta que esto termine!», gritó Ursula, mientras al otro lado del Atlántico ya estaban descargando el primer tanquero ruso como si fuera la última Coca-Cola del desierto.
El desmadre llegó hasta Washington, donde republicanos y demócratas se pusieron de acuerdo en algo por primera vez desde que se inventó el pan de molde: que la jugada de Trump tiene menos sentido que un semáforo en el desierto. Hasta la hermana del senador que inspiró la ley de sanciones salió a decir, con cara de no entender nada, que la idea era «terminar la guerra y bajar el precio de la gasolina», no financiarle la fiesta al Kremlin para que la guerra dure más.
Mientras tanto, en Kiev, Volodímir Zelenski, que debe estar viendo todo esto con una bolsa de palomitas y un tic en el ojo, dio la orden de reanudar los bombardeos a las refinerías rusas. Básicamente, su mensaje fue: «Ah, ¿no nos vamos a poner de acuerdo? Pues saco mi propio plan B». Y es que al final, este tablero de ajedrez mundial parece más una partida de póker entre borrachos donde uno cree que está jugando al Monopoly. ¿El resultado? Putin se está llevando el dinero, la botella de tequila y hasta la dignidad de sus adversarios.



