Agárrense los bolsillos, porque la crisis energética en Estados Unidos se está contagiando más rápido que un chisme en la oficina. Las empresas, ni lentas ni perezosas, están pasando la cuenta de la gasolina cara a todo lo que se mueva, complicándole la vida a la Reserva Federal, que intenta domar la inflación como si fuera un león de circo con hambre. Los precios de los billetes de avión, los servicios de reparto y hasta el camión que trae tus aguacates están por las nubes, y todo por las guerritas al otro lado del charco.
Mientras tanto, los jefazos de la Reserva Federal están en modo «esperar y ver», como cuando dejas que tu cuñado arregle la fuga de agua a ver si no inunda la casa. El presidente del organismo, Kevin Warsh, básicamente dijo desde Bangkok que no iba a soltar prenda sobre sus próximos movimientos, dejando a los mercados con la misma incertidumbre que un concursante de programa de preguntas y respuestas. Es la versión financiera de «ya veremos», lo que tranquiliza tanto como una turbulencia en pleno vuelo.
Las cifras oficiales son para llorar o reír, según el humor del día. Según la Oficina de Estadísticas Laborales, las tarifas aéreas han subido un 22% en un año, lo que significa que pronto te pedirán un riñón como equipaje de mano. Por su parte, el transporte de mercancías por camión se disparó más de un 19%, el mayor salto en cuatro años. A este paso, enviar un paquete costará más que el contenido del paquete mismo.
Las empresas, que no tienen un pelo de tontas, ya están jugando a la papa caliente con los costos. Frank Sullivan, el mandamás de RPM International, fabricante de la pintura Rust-Oleum, admitió sin sonrojarse que le han pasado la inflación al cliente «dólar por dólar». Dijo que no pensaban subir los precios, pero que los «acontecimientos geopolíticos» los obligaron. Una excusa tan elegante como culpar al perro por comerse la tarea.
Curiosamente, la comida parece ser el único oasis en este desierto de precios altos, con la carne y los huevos bajando un poco en el supermercado. Pero no canten victoria, porque los precios para los productores de alimentos subieron un 1,2% el mes pasado. El pienso para animales se disparó un 2,3%, lo que sugiere que las vacas y los pollos están comiendo más caro que muchos de nosotros. Esa cuenta, tarde o temprano, llegará a tu mesa.
Así que mientras los economistas debaten si la energía está causando un incendio o solo una fogata, el ciudadano de a pie ya está haciendo malabares para llegar a fin de mes. Algunos expertos dicen que no hay pruebas de que esto sea un problema generalizado, pero otros ya ven venir el golpe. Al final, todo se reduce a si tu sueldo se estira lo suficiente para pagar la gasolina y una lata de pintura que ahora cuesta un ojo de la cara.



