Parece que alguien se pasó de copas con la tarjeta de crédito corporativa. El Fondo Monetario Internacional, esa tía abuela millonaria y estricta que nadie quiere tener de visita, acaba de revisar las cuentas de Colombia y casi le da un soponcio. La conclusión oficial es que la situación fiscal del país es «insostenible», que en lenguaje diplomático significa que el desastre es de proporciones épicas y que es hora de esconder la chequera y empezar a comer atún en lata.
El director del departamento para esta parte del mundo, Nigel Chalk, lo explicó con la paciencia de un instructor de yoga: la deuda no puede seguir creciendo como si fuera una barriga cervecera en diciembre. Para asegurarse de que entendieron el mensaje, el FMI enviará un equipo de auditores a Bogotá en noviembre, lo que suena menos a una visita de cortesía y más a una intervención familiar para quitarle las llaves del coche al primo que siempre choca.
La fiesta financiera dejó una resaca monumental. Colombia terminó el 2025 con una deuda pública del 59.9% de su Producto Interno Bruto, lo que equivale a deberle dinero hasta al fantasma del vecino del quinto. Por si fuera poco, el déficit fiscal de 2026 apuntaba a un escandaloso 8.2%, un agujero más profundo que las promesas de un político en campaña electoral. El gobierno actual dice que lo reducirá al 7.2%, un logro similar a apagar un incendio forestal con una pistola de agua.
El propio viceministro de Hacienda, Andrés Quevedo, admitió que la crisis es «crítica» y «sin precedentes», lo que viene a ser la versión gubernamental de gritar «¡sálvese quien pueda!» mientras el barco se hunde. Estas conversaciones con el FMI se iniciaron poco después de que el nuevo gobierno llegara al poder, descubriendo que la caja fuerte del país tenía más telarañas que billetes.
Para rematar el cuadro, el FMI espera que la economía colombiana crezca un modesto 2.3%, una cifra tan emocionante como ver secar la pintura. Lo más cruel es que el mismo Chalk añadió que el potencial del país es «mucho mayor», el clásico sermón de «eres un chico listo, pero no te aplicas» que te daban en la escuela. Colombia ahora tiene que decidir si se pone las pilas o se prepara para la visita de los cobradores con sus maletines y cara de pocos amigos.




