El Fondo Monetario Internacional, ese aguafiestas con corbata que siempre nos recuerda lo mal que vamos, por una vez nos dio una palmadita en la espalda que se sintió más como un pellizco. Resulta que para 2027, la economía mexicana, después de arrastrarse como alma en pena en 2025, por fin levantará la cabeza con un crecimiento del 1.8%. ¡Sostengan sus sombreros! Es una aceleración tan vertiginosa como ver secar la pintura en una pared húmeda.
¿Y quién es el héroe de esta telenovela económica? Nada menos que la Inteligencia Artificial, que al parecer necesita más servidores que un político necesita asesores para justificar sus gastos. México se ha convertido en el taller de Santa Claus para los robots del vecino del norte, ensamblando equipos informáticos e infraestructura para centros de datos a un ritmo frenético. El chisme es tan bueno que estas exportaciones están a punto de darle una patada en el parachoques a la todopoderosa industria automotriz.
Pero no se emocionen, que no estamos diseñando el próximo robot que conquistará el mundo ni mucho menos. Nuestro papel es más bien el de un maquilador de lujo: nos mandan las piezas del rompecabezas tecnológico desde afuera, nosotros las armamos con singular alegría y se las enviamos de vuelta a Estados Unidos para que ellos se lleven el crédito. Es como si te invitaran a una fiesta de quince años, pero solo para inflar los globos y servir las botanas.
Para que se den una idea de la velocidad supersónica de nuestra recuperación, venimos de un lamentable 0.6% en 2025, que es básicamente crecer lo que uno engorda después de la cena de Navidad. De ahí subiremos a un modesto 1.5% en 2026 y alcanzaremos la cima del Everest económico con ese glorioso 1.8% en 2027. Una aceleración tan moderada que si parpadeas, te la pierdes; a este ritmo, el caracol del jardín nos va a rebasar por la derecha.
Claro, los expertos y analistas, esos que nunca faltan para aguar la fiesta, ya salieron a decir que no podemos vivir de ser los armadores eternos de la tecnología ajena. Advierten que si México quiere que este auge sea más que una moda pasajera, debe pasar de solo apretar tornillos a diseñar los aparatos. Mientras tanto, seguiremos celebrando nuestro 1.8%, que aunque no alcanza para la champaña, por lo menos nos da para unas cervezas y la esperanza de que algún día nos dejen diseñar aunque sea la caja de cartón.




