En el último episodio de la tragicomedia política que se ha vuelto el pan de cada día en Estados Unidos, una encuesta ha revelado un secreto a voces: a muchos candidatos al Senado les gusta la democracia solo cuando ganan, como a los niños que solo quieren jugar si les toca ser el superhéroe. A menos de un mes para las elecciones, la pregunta del millón no es quién ganará, sino quién aceptará haber perdido sin montar un numerito digno de una telenovela de las nueve.
Unos valientes reporteros con chalecos antibalas emocionales se lanzaron a preguntar a los candidatos de ambos partidos la cuestión más incómoda desde «¿le queda bien este pantalón a tu suegra?»: «¿Piensas aceptar los resultados aunque te den una paliza?». Las respuestas fueron un mosaico de evasivas, condiciones y silencios que harían sentir orgulloso a cualquier político que se respete. Mientras que algunos demócratas, con la inocencia de quien aún cree en el Ratón Pérez, dijeron que sí sin dudar, varios republicanos respondieron con el mismo entusiasmo que uno muestra al recibir una citación de Hacienda.
Este nuevo deporte olímpico de «dudar preventivamente» fue, por supuesto, popularizado por el maestro de ceremonias del caos, Donald Trump, quien desde 2020 ha estado impartiendo un máster acelerado en «Cómo Perder y Aun Así Decir que Ganaste 101». Ahora sus discípulos, temerosos de enfadar al líder o genuinamente convencidos de que las urnas son una conspiración de los carteros, se preparan para cualquier escenario, especialmente el que incluye patalear y gritar «¡fraude!».
Las declaraciones de los equipos de campaña son una joya. El portavoz de un demócrata en Georgia básicamente dijo: «Claro que aceptaremos los resultados… a menos que el otro tipo respire raro o nos mire feo. En ese caso, soltaremos un ejército de abogados más feroces que una abuela defendiendo su receta de pozole». Su oponente republicano, por su parte, aplicó la legendaria técnica del «visto» de WhatsApp y no respondió. Otro senador, al ser preguntado, se hizo el sueco con más arte que un torero en Las Ventas, desviando la conversación hacia su desconfianza en el correo, probablemente sospechando que las palomas mensajeras son agentes demócratas encubiertas.
Así que, mientras los ciudadanos se preparan para votar, los políticos afilan sus excusas y preparan sus discursos de «me robaron». Todo apunta a que el día después de las elecciones será más entretenido que la final del Mundial. La democracia ya no se decide en las urnas, sino en el concurso de berrinches posterior. Hagan sus apuestas y compren palomitas, que el espectáculo está garantizado.




