Este 15 de octubre, la mezcla mexicana de petróleo se cotizó en 96.4 dólares, un precio que te hace pensar dos veces antes de quejarte de la gasolina. Petróleos Mexicanos (Pemex) no solo presume el costo, sino también su catálogo de crudos, una especie de familia disfuncional con tres personalidades muy marcadas.
Tras una racha de 15 años de caídas que ya parecía maldición gitana, Pemex le dio la vuelta al marcador en 2020, alcanzando un millón 705 mil barriles diarios y superando así la producción de 2019. La estrella del show es el crudo Maya (54%), el tipo pesado y rudo de la familia, ideal para la energía doméstica pero no tanto para gasolinas finas. Le sigue el Istmo (33%), el ligero y versátil, que se convierte en combustible para tu auto con la agilidad de un ninja. Por último, está el Olmeca (12%), el “extraligero” y snob del clan, que prefiere codearse con lubricantes y petroquímicos antes que ensuciarse las manos como simple combustible.
Esta producción, reforzada por nuevos campos que iniciaron en 2019, le permite a Pemex acaparar un aplastante 98.8% del mercado nacional. Las empresas privadas se reparten el 1.2% restante, un pedacito del pastel tan pequeño que ni siquiera alcanza para calmar el antojo. Es un dominio casi absoluto, como ser el único puesto de tacos en un festival de música.
En resumen, mientras unos lloran, la paraestatal produce su propio drama petrolero en tres actos: el pesado, el ligero y el pretencioso. Un recordatorio de que después de una mala racha, Pemex no solo se levantó del suelo, sino que ahora presume sus barriles como si fueran trofeos de campeonato.




