El jefe de Nvidia defiende a su cliente favorito que debe hasta la risa y al que nadie le fía

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Como un padre defendiendo al hijo que reprobó todas las materias pero insiste en que tiene «mucho potencial», así salió Jensen Huang, el mandamás de Nvidia, a ponerle el pecho a las balas por CoreWeave. Esta empresa, uno de sus principales clientes y en la que Nvidia tiene metido su dinerito, está haciendo más agua que un colador. Huang, con la serenidad de quien ve su casa en llamas y dice que solo es para calentar el ambiente, aseguró que la solidez de CoreWeave «mejora día a día» y que su costo de capital está disminuyendo. Una declaración que suena tan creíble como político en campaña.

Informe El Chapucero

El pánico se desató cuando uno de los cofundadores de CoreWeave tuvo la brillante idea de comentar que andaban buscando financiación en las reservas «ilimitadas» de las aseguradoras, lo que básicamente es como decir que tu plan para pagar la hipoteca es ganarte la lotería. Como era de esperarse, a los inversores se les frunció el ceño y las acciones de la compañía se desplomaron más rápido que la dignidad de un concursante de telerrealidad. La gente empezó a huir como si hubieran anunciado que el bar cerraba y no habría más tragos gratis.

Pero la cosa se pone peor, como cuando crees que ya no llueve y sales sin paraguas. Los bonos de la empresa, que hace cuatro meses se compraron a precio completo, ahora valían unos míseros 78 centavos por dólar, una oferta tan mala que hasta el mismísimo Elon Musk reaccionó en sus redes con un sonoro «¡vaya!». Para rematar, los cálculos de los sabiondos financieros indican que hay más de un 60% de probabilidad de que CoreWeave no pague sus deudas en los próximos cinco años. A eso se le llama tener el futuro más negro que el sobaco de un grillo.

El problema es de una escala cómica: CoreWeave cerrará el año con ventas de 12.900 millones de dólares, pero tiene una deuda de más de 40.000 millones. Es el equivalente a tener un sueldo de becario y deber tres Ferraris y un yate. La compañía está quemando dinero a un ritmo tan acelerado que su flujo de caja es más negativo que un lunes por la mañana, con pérdidas que se proyectan por encima de los 2.500 millones de dólares este año. Están financiando el sueño de la inteligencia artificial a base de pedir fiado hasta al panadero.

Toda esta tragicomedia ha hecho que el miedo se extienda como chisme en oficina, provocando caídas en todo el sector tecnológico. Los inversores temen que la fiesta de la inteligencia artificial, donde todos construyeron mansiones de chips a crédito, esté llegando a su fin y ahora toque pagar la cuenta. Parece que la única «inteligencia» que está en duda ahora mismo es la financiera, que brilla por su ausencia en esta historia de deudas y esperanzas rotas.

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