El mundo del chisme deportivo, ese rincón de internet donde se planean bodas y funerales sin consultar a los involucrados, ya tenía a Saúl «Canelo» Álvarez colgando los guantes en el Estadio Azteca. Al parecer, solo se olvidaron de un pequeño detalle: preguntarle a él si quería asistir.
La telenovela comenzó cuando Emilio Azcárraga le extendió la invitación para el Azteca, y la prensa, con la velocidad de un chismoso profesional, desempolvó el recuerdo de Julio César Chávez en 1993 y empezó a diseñar el póster del adiós. Canelo, con la paciencia de un santo, tuvo que salir a aclarar que sus palabras fueron malinterpretadas, afirmando que sí le interesa el recinto, pero no para colgar los guantes.
El tapatío confirmó que el fiestón de despedida, cuando llegue, será en su natal Guadalajara, incluso fantaseando con estrenar el nuevo estadio del Atlas para 2030. Pero mientras el mundo le organiza la jubilación, él tiene asuntos más urgentes. El 31 de octubre se enfrentará al invicto Christian Mbilli, un caballero que al parecer no recibió el memo sobre el retiro. Tras su tropiezo con Terence Crawford y una cirugía de codo, Álvarez busca recuperar su trono supermediano, demostrando que el único que decide cuándo se acaba la fiesta es él mismo.
Así que, mientras los medios debaten si el adiós de Canelo será con tema de charros o de superhéroes, él se concentra en recordarle a Mbilli por qué no es buena idea llegar invicto a una cita con él. La jubilación puede esperar; los puñetazos, no tanto.




