¡Atención, mortales con deudas y cuentas de hospital! En el mágico y carísimo reino de California, los plebeyos están a punto de votar si sus señores feudales de la tecnología, esos que tienen más dinero que sentido común, deberían soltar una limosnita para arreglar un sistema de salud que está más parchado que los pantalones de un vagabundo. La idea es tan simple como brillante: clavarles un impuestazo del 5% a sus fortunas obscenas.
Los defensores de esta cruzada, liderados por gente que de verdad usa el transporte público, argumentan que para multimillonarios como Elon Musk, ese 5% es lo que se gastan en propinas para el que les estaciona su cohete espacial. Una jubilada lo dijo claro: «Para ellos es una gota en su piscina de oro, pero para el resto de nosotros es la diferencia entre vivir o empezar a buscar tutoriales de ‘cómo quitarse el apéndice en casa'». El senador Bernie Sanders, el abuelo gruñón favorito de la izquierda, apareció para recordar que un plomero paga proporcionalmente más impuestos que estos tipos, quienes probablemente usan billetes de cien dólares como servilletas.
Pero ¡ay, amigos! Los súper ricos, liderados por el cofundador de Google, Sergey Brin, han puesto el grito en el cielo y han soltado más de 200 millones de billetes verdes en una campaña del «No» que te sale hasta en la sopa. Su argumento es digno de un niño de cinco años: «¡Si nos cobran, nos vamos con nuestros juguetes a otro estado y se quedan sin nada!». Básicamente, están gastando una fortuna para no tener que pagar una fortuna. Los anuncios, que se repiten más que el ajo, advierten que si esto se aprueba, el próximo paso será expropiarles sus yates para convertirlos en hospitales flotantes.
Lo más cómico es que no solo los millonarios están en contra. El gobernador, con su sonrisa de anuncio de dentífrico y sus claras ambiciones de mudarse a la Casa Blanca, ya dijo que votará en contra, no vaya a ser que sus amigotes le corten el grifo para la campaña. ¡Y agárrense! Hasta un sindicato de trabajadores domésticos se opone, diciendo que un impuesto de una sola vez no va a arreglar el desastre presupuestario. Es como rechazar un vaso de agua en el desierto porque no te ofrecen el oasis completo.
Al final del día, mientras los dueños del dinero amenazan con un éxodo masivo, la gente de a pie se pregunta qué tanto podrían perder. Un jubilado lo resumió con una lógica aplastante que haría llorar a cualquier economista: «Si de todas formas nunca pagan lo que deben, ¿qué más da si se van?». Y con esa filosofía tan popular, California se prepara para otro episodio de su reality show fiscal, donde los pobres pagan la entrada y los ricos siempre ganan el premio.




