Justo cuando creíamos que la inflación era como ese pariente incómodo que se va después de la cena de Navidad, llega Austan Goolsbee, el presidente de la Reserva Federal de Chicago, para aguarnos la fiesta. Según este señor, el monstruo de los precios altos ya no es un problema pasajero por culpa de barcos atascados en algún canal. Ahora resulta que la economía está empezando a echar humo como motor de auto viejo en pleno verano, y todo por culpa de nuestros nuevos amos y señores: los robots inteligentes.
Al parecer, la fiebre del oro por la inteligencia artificial está provocando que las empresas gasten más en centros de datos de lo que un político gasta en promesas de campaña. Goolsbee advierte que este dineral no se queda solo en cables y chips, sino que se desparrama por toda la economía como una mancha de aceite, encareciendo hasta el pan que te comes en el desayuno. Es el equivalente a que tu vecino construya una piscina olímpica y, de repente, a ti te suban la cuenta del agua.
El término que usan estos genios es «sobrecalentamiento agregado», que en español de la calle significa que la demanda está más caliente que asiento de coche en agosto. A diferencia de los problemas de suministro, que se solucionan solos como un resfriado, este sobrecalentamiento es como una de esas infecciones que necesitan un tratamiento de caballo. Es el tipo de problema que se instala, se pone cómodo en el sofá y empieza a pedirte el control remoto.
Según el análisis del buen Goolsbee, cuando la demanda se desboca de esta manera, no hay tiempo para paños calientes. Hay que actuar con la delicadeza de un elefante en una cristalería para que la gente no se acostumbre a que todo suba de precio para siempre. Porque una vez que nos resignamos a la inflación, quitárnosla de encima es más difícil que hacerle entender a tu tía las reglas del fuera de juego.
Y aunque Goolsbee este año no vota en las decisiones importantes, dejó caer la bomba: si la cosa sigue así de «caliente», ya sabemos lo que la Fed tendrá que hacer. Así que, mientras algunos soñaban con que bajaran las tasas de interés para por fin comprarse algo a crédito, parece que el remedio será más bien un jarabe amargo. Preparen las carteras, que la inteligencia artificial vino a pensar por nosotros y, de paso, a vaciarnos los bolsillos.




