Como si se tratara de un adolescente buscando monedas debajo de los cojines del sofá para completar para el cine, el gobierno ha decidido que necesita más dinero y su plan maestro es sacudirle los bolsillos a todo el mundo. La Cámara de Diputados ya le dio el visto bueno a la Ley Federal de Derechos, que básicamente es un manual de instrucciones sobre cómo cobrarle a la gente por existir, viajar y usar cosas que ya estaban ahí, como el cielo y las vías del tren. La propuesta avanzó con la velocidad de alguien que corre a cobrar una deuda antes de que se arrepientan de haberle prestado.
Según los genios de la administración, este festival de cobros es parte de una «transformación digital» y «modernización». Es decir, que como ahora usan computadoras más nuevas para llevar las cuentas, es justo y necesario que pagues más por todo. Justifican la subida de precios con el argumento de una «mayor eficacia gubernamental», lo que en español de a pie significa que son más eficientes en encontrar nuevas formas de sacarte la lana. Es una lógica impecable, si lo que buscas es justificar por qué la cuenta del restaurante es más cara si el mesero te sonríe.
Claro que no todos en la sala se tragaron el cuento. La oposición, en un raro momento de lucidez colectiva, levantó la mano para preguntar si no se estaban pasando de listos. Un diputado de Movimiento Ciudadano lo resumió perfectamente al decir que «un derecho no debe convertirse en un impuesto disfrazado», acusando al gobierno de querer cobrar más sin ofrecer mejores servicios a cambio. Básicamente, es como pagar una suscripción prémium y seguir recibiendo la misma calidad de servicio de siempre, pero ahora con un recibo más abultado.
Aquí viene el desglose del sablazo para que vayas preparando la cartera. Si eres turista, prepárate para soltar un 35% más por el derecho a pisar suelo nacional, que sube de 988 a 1,334 pesitos. Si viajas en avión, las aerolíneas pagarán un 10% más por usar el espacio aéreo, un costo que seguramente te pasarán con mucho gusto en tu próximo boleto. Y si eres dueño de un tren con más de 15 años de antigüedad, tu tasa se dispara de un modesto 1.25% a un nada despreciable 3%.
Pero no todo son malas noticias, ¡qué va! Para compensar que te van a cobrar hasta por parpadear, el gobierno amablemente dejará de cobrar la entrada en poco más de 53 museos y zonas arqueológicas. Es un detallazo: después de pagar más por tu visa, tu vuelo y tu estancia, al menos podrás ir a ver unas ruinas gratis. Quizás una de ellas sea tu propia economía después de pagar todas estas nuevas y «modernas» cuotas.
En resumen, la estrategia es clara: si se mueve, se le cobra; si no se mueve, también, por si acaso. Mientras la administración celebra su ingenio para recaudar fondos, el ciudadano de a pie se pregunta en qué momento firmó para participar en este experimento económico. Solo falta que empiecen a cobrar un derecho por el uso de la sombra en días soleados o una cuota por quejas sobre el gobierno.




