La telenovela geopolítica del Caribe acaba de estrenar un capítulo que ni al guionista más borracho se le habría ocurrido. Resulta que el Tío Sam, en su papel de vecino chismoso y controlador, interceptó 90 cargamentos de combustible que, según él, iban directito para la pachanga en Cuba. Pero La Habana, con la cara de sorpresa de quien recibe una cuenta que no es suya, ha respondido con un rotundo: «¡A mí no me miren, yo no tengo ni para pagar el internet!».
El drama se pone bueno. Las autoridades estadounidenses, con la sutileza de un elefante en una cristalería, anunciaron que habían cachado los barriles con las manos en la masa, destinados a una empresa cubana que tienen en su lista negra desde julio. Un agente de Seguridad Nacional salió a decir en Miami, con tono de haber descubierto la Atlántida, que los papeles decían «para el gobierno de Cuba». Sin embargo, desde la isla, un directivo salió a declarar, básicamente, que están más pelados que una cebolla y que «ni contratos tenemos» para andar pidiendo gasolina como si fuera pizza a domicilio.
Mientras tanto, Donald Trump, quien al parecer se aburre si no amenaza a alguien antes del desayuno, sigue insistiendo en que Cuba es una «amenaza extraordinaria», probablemente porque teme una invasión de mojitos y música sabrosona. Afirma que quiere un «cambio de régimen», que suena a cuando tu casero quiere que cambies los muebles porque los tuyos ya no combinan con las cortinas. Lo verdaderamente cómico es que, mientras los gobiernos se pelean como en un mal divorcio, el sector privado cubano le está comprando a Estados Unidos más cosas que nunca, superando en ocho meses las compras de todo un año que ni siquiera ha llegado, el 2025.
Así que el misterio queda en el aire: ¿De quién era el combustible? ¿Fue un regalo anónimo? ¿Un error de logística cósmica? Mientras los políticos juegan a la papa caliente con barcos petroleros, los cubanos de a pie probablemente seguirían tratando de hacer andar sus coches con ron y mucha fe. Al final, esta historia tiene más giros absurdos que una película de bajo presupuesto, y el único combustible que parece sobrar es el que alimenta el chisme.




