En un movimiento tan sorprendente como encontrar un político que cumple sus promesas, el expresidente Donald Trump ha decidido que la mejor persona para hablar en su nombre es, básicamente, la presidenta de su club de fans. Katie Zacharia, cuyo currículum parece una declaración de amor eterno al trumpismo, ha sido nombrada la nueva vocera de la Casa Blanca. Zacharia, hasta ahora comentarista en cadenas donde critican al gobierno por respirar demasiado a la izquierda y consejera delegada de la red social de Trump, Truth Social, tiene la tarea de traducir los tuits de las 3 de la mañana en política oficial.
Trump, con la sutileza de un elefante en una cristalería, aseguró que Zacharia «tiene un historial impecable de apoyo y ha sido una seguidora leal y brillante desde el principio». Traducido del lenguaje político, esto significa que ha aplaudido con tanto entusiasmo que probablemente desarrolló un caso de tendinitis crónica. Su experiencia se completa con un doctorado en Derecho y una estancia en China, donde seguramente aprendió a decir «el presidente tiene toda la razón» en mandarín con perfecta fluidez.
Este nombramiento sigue la tradición más sagrada de la política estadounidense: la puerta giratoria entre el gobierno y los medios de comunicación, que gira más rápido que una peonza con cafeína. Zacharia ocupa el puesto de Karoline Leavitt, quien dejó la Casa Blanca tras el nacimiento de su segundo hijo, decidiendo que cambiar pañales era un trabajo considerablemente más limpio y digno. ¿Y a dónde fue Leavitt? Adivinaron: a Fox News, el lugar de retiro espiritual para todo exportavoz republicano.
Pero no se crean que esto es exclusivo de un solo bando. Es un deporte bipartidista. Jen Psaki, la exportavoz del demócrata Joe Biden, hizo el mismo salto mortal hacia la cadena de noticias MSNBC en cuanto colgó el micrófono de la Casa Blanca. Al final, ser portavoz en Washington es como ser entrenador en la liga de fútbol: sabes que te van a echar, pero tienes la tranquilidad de que te espera un cómodo sillón de comentarista pagado con el sueldo de tres familias promedio. Así que, preparen las palomitas, porque este programa de telerrealidad no parece que vaya a terminar pronto. El guion es pésimo, pero hay que admitir que el elenco es para morirse de risa.



