Parece que a Kazuo Ueda, el mandamás del Banco de Japón (BOJ), se le subió la presión arterial junto con la inflación. El hombre anda más nervioso que un novato en su primer día, declarando que es de vida o muerte mantener la inflación subyacente anclada en su número mágico del 2.0%. Su solución, como la de un padre que solo sabe castigar, es seguir subiendo las tasas de interés para que la economía se porte bien y no haga un berrinche de precios altos.
Todo este drama se desarrolla justo antes de su reunión de dos días que termina el 30 de octubre, donde todos esperan con ansias las nuevas proyecciones como si fuera el final de temporada de una telenovela. Según Ueda, todo va «según el plan», con una economía que se recupera a paso de tortuga y una encuesta empresarial, llamada «Tankan», que básicamente dice que los negocios andan con más confianza que un pavorreal en primavera. El problema es que esa confianza se traduce en precios más altos para todos.
Pero la cosa no para ahí, porque la inflación tiene más villanos que una película de superhéroes. Los costos de las materias primas están por las nubes, las tensiones por la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán le echan más leña al fuego, y hasta la demanda de Inteligencia Artificial está encareciendo las cosas. Para rematar, el yen está más débil que una excusa de político, lo que hace que todo lo importado cueste un ojo de la cara.
A pesar de que el mes pasado ya le metieron un subidón a las tasas de interés hasta un nivel no visto en 31 años, Ueda siente que la fiesta económica sigue a todo lo que da. Según él, las condiciones financieras siguen siendo «acomodaticias», que en español de la calle significa que el dinero sigue fluyendo como si fuera gratis. Por eso, su plan es seguir apretando las tuercas hasta que la música se detenga.
En resumen, el Banco de Japón ha pasado de decir que controlar la inflación era «importante» a que ahora es «más importante que nunca», un cambio de tono que suena a que alguien está a punto de perder la paciencia. Mientras los economistas debaten, el ciudadano de a pie ya puede ir preparando la cartera, porque parece que el próximo crédito para la licuadora va a costar más que un viaje a la playa.



