En un nuevo episodio de la tragicomedia «Amigos para qué los quiero», la Unión Europea está al borde de un ataque de nervios porque circulan chismes de que su socio, Estados Unidos, planea cerrar el grifo de las exportaciones de gasóleo. Al parecer, a Washington le entró la prisa por bajar los precios antes de unas elecciones, una jugada tan sutil como intentar apagar un incendio con un soplador de hojas. Aunque un mandamás estadounidense ha salido a decir «que yo no he sido», la desconfianza flota en el aire como el olor a fritanga en una feria.
En Bruselas, los teléfonos echan humo. Un portavoz con cara de no haber dormido en tres días balbuceó algo sobre «contactos de alto nivel», que en lenguaje de a pie significa: «les estamos friendo a mensajes para que nos cojan la llamada de una vez». El mensaje de la UE es básicamente un «oye, colega, que somos socios, ¿no? Un poquito de consulta antes de liarla parda y dejarme tirado en la autopista sin combustible, por favor».
Mientras tanto, los sabelotodos de la economía ya han sacado la calculadora y aseguran que el plan es una soberana estupidez. Según ellos, la prohibición haría tanto por bajar los precios en Estados Unidos como una tirita por curar una pierna rota. Eso sí, al otro lado del charco, Europa se convertiría en un páramo donde la gente se pelearía por un bidón de diésel como si fuera el último rollo de papel higiénico durante una pandemia.
Para el común de los mortales, el gasóleo es esa cosa mágica que mueve los camiones que traen tu pedido de Amazon, los tractores que cultivan tus aguacates para la tostada y la maquinaria que construye todo. Si el diésel se pone por las nubes, prepárate para que tu sueldo te dure lo mismo que un caramelo en la puerta de un colegio. Por si fuera poco, Rusia, el otro gallito del corral global, ya hizo la misma gracia hace unos meses, así que el ambiente está más caldeado que una discusión familiar en Navidad.
Lo más irónico de todo es que el tiro podría salirle por la culata a los propios gringos. Si prohíben la exportación, sus refinerías tendrían que bajar el ritmo, lo que reduciría la producción de gasolina y haría que llenar el depósito del coche costara un riñón y parte del otro. La pobre Unión Europea, por su parte, tendría que salir a competir por las sobras con América Latina, África y Asia en una especie de «Juegos del Hambre» del combustible. Una estrategia política brillante, sin duda.