En un giro que sacudió los cimientos de la política binacional, la Cámara de Diputados aprobó una reforma presidencial con una idea revolucionaria: si vas a gobernar México, que tu único pasaporte sea el mexicano. La lógica de la presidenta Claudia Sheinbaum es evitar conflictos de lealtad, como tener que elegir qué himno tararear en la ducha.
Con 344 votos a favor y 115 en contra, la medida avanzó. La oposición, en un despliegue de creatividad argumental, gritó que era una “dedicatoria” para Francisco García Cabeza de Vaca, un político que colecciona ciudadanías y problemas legales. En un admirable intento por conectar puntos lejanos, mezclaron el tema con acusaciones de “narco” y hasta con la trágica muerte de bebés en Durango, como si un pasaporte extra fuera el origen de todos los males. La sesión se convirtió en un festival de indignación donde algunos legisladores parecían a punto de romperse una uña por el estrés.
Mientras tanto, en el mundo real, la reforma modifica los artículos 82, 116 y 122. La regla es clara: ¿quieres ser presidente o gobernador? Renuncia a tu otra nacionalidad antes de registrarte. No es retroactiva, así que los actuales gobernantes pueden dormir tranquilos. Aplicará a partir del proceso electoral de 2028, dando tiempo de sobra para que los aspirantes decidan a qué país jurarle amor eterno y actualicen su estatus de relación en redes sociales.
El debate demostró que para algunos, tener un plan B en forma de pasaporte es un derecho humano fundamental. Para el gobierno, es lógica básica: el capitán del barco no debería tener un salvavidas de otra naviera, por si las cosas se ponen feas.

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