Parece que la economía argentina decidió jugar a la rayuela y se saltó un par de casillas para caer de bruces. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), ese aguafiestas oficial, soltó los números de julio y el panorama es más desolador que un lunes por la mañana sin café. La actividad económica se fue a pique un 1,4% en comparación con el año pasado y se hundió un dramático 2,9% respecto a junio, alcanzando su nivel más bajo desde el futurista marzo de 2025.
Mientras tanto, en una galaxia muy, muy lejana, el presidente Javier Milei le aseguraba a un periodista de Bloomberg que todo marcha sobre ruedas. «No vemos ningún problema con el crecimiento», afirmó con la convicción de quien acaba de ver un unicornio. Incluso se aventuró a pronosticar un crecimiento del 3% para este año, demostrando un optimismo que ya quisieran los guionistas de telenovelas para sus finales felices.
La cruda realidad es que ocho de los quince sectores económicos se pusieron a llorar en un rincón. El comercio mayorista y minorista se desplomó un 5,1%, como si la gente de repente hubiera decidido que comprar cosas está sobrevalorado. La industria manufacturera no se quedó atrás y cayó un 4,6%, produciendo probablemente más telarañas que bienes, mientras la construcción también se sumó a la fiesta del bajón con un -3,3%.
Pero esperen, que no todo es un velorio con música deprimente, porque hay un sector que tuvo la fiesta de su vida. La pesca se disparó un estratosférico 424,5%, una cifra tan absurda que uno se pregunta si los peces, en un acto de patriotismo suicida, decidieron saltar directamente a las redes. A su lado, con un más modesto pero igual de envidiable 8,4%, la explotación de minas y canteras también sacaba pecho.
Así que el plan parece claro: mientras media Argentina se ajusta el cinturón hasta dejar de respirar, la otra mitad debería ir comprando una caña de pescar. La economía nacional es ahora un extraño híbrido entre una tienda en quiebra y la pescadería más exitosa del universo. Alguien debería avisarle al presidente que los números que él mira quizás están al revés.