Christopher Landau, subsecretario de Estado de Estados Unidos, presumió en el podcast Moment of Truth que cancelar visas es un arma diplomática imbatible. Según él, nadie tiene derecho a pisar suelo estadounidense si publica algo que no le gusta a Washington. El funcionario recordó con risas su etapa como embajador en México y aseguró que más del noventa por ciento de los mensajes que recibía en redes trataban de visados. Para Landau, una visa no es un derecho, es un privilegio que se otorga o se quita según convenga a la política exterior.
El relato más pintoresco del episodio involucró a Melissa Cornejo, consejera estatal de Morena en Jalisco. Durante protestas en Los Ángeles en 2025, Cornejo compartió una foto de un auto incendiado con un mensaje crítico. Landau respondió desde su cuenta oficial y, entre carcajadas, anunció la revocación. Horas después descubrió que la mujer ni siquiera tenía visa vigente. El subsecretario, que se autodenomina “El Quita Visas”, celebró el caso como una victoria, aunque el objetivo ya no existía. El gesto quedó como un disparo al aire que solo sirvió para alimentar el meme.
El 13 de agosto de 2026, Andrés Manuel López Beltrán informó que también le retiraron el documento. En una carta dirigida al presidente Donald Trump, el morenista calificó la medida de politiquera y propagandística, sin que existiera investigación alguna en su contra. Figuras como la gobernadora Marina del Pilar Ávila y otros funcionarios locales han enfrentado situaciones similares. En todos los casos, el gobierno mexicano mantiene la serenidad institucional mientras las decisiones unilaterales de Washington generan más ruido que consecuencias reales.
Al final, la política de visas parece un juego de niños enfadados que confunden tuits con amenazas existenciales. México sigue su ruta sin depender de sellos ajenos.





