En el Despacho Oval, Donald Trump se plantó frente a los periodistas y soltó que siente un gran respeto por Kevin Warsh, el presidente de la Reserva Federal. Lo dijo con esa cara de quien acaba de descubrir que su suegra viene de visita por un mes entero. Luego añadió que hará lo que tenga que hacer en materia de tasas de interés, como si estuviera decidiendo si pide pizza o tacos a medianoche.
Warsh, por su parte, había advertido en un discurso que el banco central tendrá trabajo extra si los encargados de la política monetaria no están seguros de que la inflación va bajando hasta el dos por ciento. Trump escuchó eso y decidió que ya es hora de presionar el acelerador de las rebajas, aunque sea con el pie izquierdo.
El mandatario ha repetido varias veces que quiere tasas de interés más bajas que las de cualquier otro país del planeta. Según él, Estados Unidos debería tener, con diferencia, las más reducidas del mundo, como si estuviera regateando en el mercado de frutas y no hablando de la economía global.
La escena quedó como una de esas discusiones familiares donde uno pide bajar el termostato hasta que los demás tiemblan, pero nadie se atreve a contradecirlo. Trump insistió en que su opinión es clara y que no va a cambiar de idea aunque le expliquen las consecuencias con gráficos y todo.
Al final, el asunto de las tasas se convirtió en un tira y afloja entre el respeto declarado y la urgencia de ver números más pequeños en la pantalla del banco. Nadie sabe aún quién pagará la cuenta cuando llegue el recibo, pero Trump ya está pidiendo el descuento antes de que sirvan el café.





