RT se queda sin micrófono en Europa y hasta el eco tiene miedo de hablar

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Resulta que a la tele rusa RT le han puesto un candado en la boca más grande que el de una suegra ofendida en Nochebuena. En la Unión Europea ya no puede preguntar ni el “¿qué hay de comer?” sin que salte una alarma, un funcionario con cara de pocos amigos y tres directivas envueltas en papel de regalo burocrático.

La medida es tan contundente que de rebote les ha caído el chaparrón a medio planeta mediático. Ahora cualquiera que se acerque a un atril europeo con acento sospechoso o cara de “yo solo venía a indagar” recibe la misma mirada que le echan al cuñado cuando dice “yo pago la cuenta… el mes que viene”. Preguntar se ha convertido en deporte de alto riesgo: o sales con la respuesta o sales con una multa, una expulsión y un recordatorio de que el derecho a la información a veces viene con letra pequeña en siete idiomas.

Los burócratas de Bruselas, muy serios ellos, aseguran que es por “desinformación”. Claro, como cuando tu madre te prohíbe el postre “por tu bien” mientras se zampa el flan entero. El efecto colateral es glorioso: hasta los periodistas que nada tienen que ver ya piensan dos veces antes de levantar la mano, no sea que los confundan con el primo ruso del micrófono prohibido y los manden a hacer gárgaras a la frontera.

Así que RT se queda fuera del corro europeo, los demás aprenden a preguntar en voz bajita y nosotros contemplamos el espectáculo como quien ve una telenovela donde el villano pierde el privilegio de hacer spoilers. El periodismo sigue vivo, eso sí… pero ahora con más filtros que playlist de boda y menos espontaneidad que discurso de político en campaña.

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