Irán y Omán están “muy cerca” de ponerse de acuerdo para estrenar una ruta marítima por el estrecho de Ormuz, según soltó el sábado el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araqchi, con esa mezcla de sonrisa diplomática y cara de “ya verán quién paga el pato”. O sea: el tráfico por una de las tuberías energéticas del planeta podría tener desvío nuevo, pero no esperen caridad ni abrazos gratis.
El funcionario dejó claro que el entendimiento viene con condiciones de las que duelen en la billetera. Entre ellas, una indemnización por lo que Teherán considera violaciones de Estados Unidos al memorándum de entendimiento de Islamabad. Traducción libre: “Bonito corredor marítimo, sí… pero antes suelten la pasta, que aquí nadie olvida un roce ni aunque lo envuelvan en comunicados elegantes”.
Mientras tanto, Irán y Omán discuten una ruta temporal para ir tirando, como quien pone un tablón sobre el charco mientras llega el puente de verdad. Lo permanente, dijo Araqchi, todavía tiene que sobrevivir al laberinto de temas técnicos y jurídicos. En cristiano: hay que cuadrar planos, papeles y orgullos nacionales sin que el invento se hunda en la primera marea.
El resultado es un clasicazo de geopolítica con aroma a regateo de mercado: todos quieren el atajo, nadie quiere parecer el que cede, y siempre aparece la cuenta pendiente de Washington como guarnición obligatoria. Si cierran el trato, el estrecho de Ormuz tendrá nueva coreografía naval; si no, seguiremos con el episodio eterno de miradas intensas, barcos sorteando dramas y diplomáticos hablando en clave de “casi, casi”.




