Pues ya está, señores. El exabogado personal de Donald Trump, Todd Blanche, acaba de ser confirmado como fiscal general de Estados Unidos con más drama que final de telenovela barata y menos dignidad que un político pidiendo reelección. Los senadores republicanos, con cara de “yo solo sigo órdenes”, aplastaron las quejas demócratas por 50 votos contra 49 y le entregaron las llaves del Departamento de Justicia como quien le da el control remoto al cuñado en Navidad.
Blanche, que ya venía haciendo de fiscal general interino con el entusiasmo de un niño con llaves del coche de papá, representó antes a Trump en juicios penales varios: lo de Stormy Daniels, los documentos clasificados y el intento de darle la vuelta a las elecciones de 2020 como si fueran un calcetín sudado. Ahora pasa de defensor a jefe de la policía judicial del país. Es como nombrar al lobo portero de la guardería y pretender que todo saldrá bien. Trump, emocionado, lo llama “estrella”. Claro, una estrella de esas que solo brillan si les apuntas con la linterna del poder.
Los demócratas, con Dick Durbin a la cabeza, gritaron que el fiscal general debería ser el abogado del pueblo y no el conserje particular de un solo cliente. “Blanche sigue actuando como si el Departamento de Justicia fuera un bufete boutique para un señor con peluquín”, vino a decir. Y no les faltaba razón para el show: el hombre intentó armar un fondo de 1.800 millones de dólares para “víctimas de persecución judicial”, que en román paladino olía a caja de compensación para los que asaltaron el Capitolio el 6 de enero como si fuera Black Friday de la democracia. También flotó una propuesta de inmunidad fiscal para Trump, sus hijos y la Organización Trump que parecía sacada de un catálogo de favores navideños. Al final, para calmar a las republicanas díscolas Susan Collins y Lisa Murkowski (las únicas del partido que votaron en contra, bravas ellas), Blanche sacó una orden escrita desactivando el famosísimo fondo y aclarando que la inmunidad fiscal solo valía para el pasado, no para futuras travesuras. Magia de fin de semana: desaparecen los obstáculos y aparece la confirmación.
Desde que Trump echó a Pam Bondi en abril, Blanche ha estado al mando y, según los demócratas, más ocupado en la gira de “represalias contra adversarios” que en cualquier otra cosa. Hasta las víctimas de Jeffrey Epstein le han soltado pullas por cómo manejó la publicación de archivos del caso, otro regalo envenenado en la lista. Pero nada detuvo la máquina. El Senado, controlado por los republicanos con margen de cuchillo de mantequilla, le dio el sí y listo.
Así que ya tenemos al abogado de cabecera del presidente convertido en el guardián de la ley. El Departamento de Justicia ahora tiene dueño con nombre y apellido, y el pueblo… bueno, el pueblo puede hacer fila y pedir cita. Si esto no es el colmo del absurdo político, que baje el espíritu de la MAD y lo vea. Que alguien avise cuando la justicia deje de ser un reality show familiar.




