La flota dorada de Trump saldría más cara que un divorcio con abogados de lujo

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Imagínate la escena: Donald Trump, con esa cara de quien acaba de descubrir que el oro se puede pintar encima de todo, anuncia su “Flota Dorada”. No es una metáfora. Quiere barcos bañados en pan de oro, anclas con forma de peineta y cañones que disparen confeti con su cara. El detalle fino es la pregunta del millón (o del billón): ¿cuánto nos saldría este capricho flotante?

Según cálculos de servilleta hechos por economistas que ya van por la tercera botella de antiácido, cada buque dorado costaría lo mismo que construir dos hospitales, un estadio y el sueldo de por vida de todos los árbitros de la liga mexicana juntos. Multiplica eso por una flota completa y el número empieza a parecer el presupuesto de un país pequeño… o la cuenta de la luz después de dejar el aire acondicionado prendido todo el verano.

El oro no es barato, colega. Forrar un portaaviones como si fuera un celular de influencer arruinado saldría por una fortuna que haría llorar hasta al contador más frío. Y eso sin contar los extras: helipuertos con alfombra roja impermeable, comedores donde el caviar se sirva en cascos de marinero y un sistema de sonido que grite “¡Eres el mejor!” cada vez que el barco cruce la línea del ecuador. Los marineros tendrían que llevar guantes blancos para no dejar huellas en el brillo, y el mantenimiento anual equivaldría a lo que cuesta mantener funcionando el Metro de la Ciudad de México durante una década de averías creativas.

Claro que hay quien dice que se puede hacer “más barato” con pintura dorada de ferretería y mucho optimismo. Pero todos sabemos cómo termina eso: a la primera tormenta el barco queda como esos muebles de abuela que se descascaran y terminan pareciendo una reliquia de mercadillo. Trump no quiere reliquia. Quiere que los satélites vean el brillo desde el espacio y que los enemigos se queden ciegos de tanta ostentación.

Al final, la Flota Dorada no es solo un proyecto militar. Es la demostración flotante de que cuando a alguien le sobra ego y le falta calculadora, el resto terminamos pagando la fiesta. ¿El precio exacto? Digamos que con ese dinero se podría perdonar la deuda de media humanidad… o comprar islas privadas para cada uno de sus amigos. Tú eliges la versión menos absurda. Spoiler: ninguna lo es.

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