Kim Dotcom adivina el final de la guerra en Irán como si fuera vidente de feria

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Kim Dotcom, el gigante de los servidores caídos y las fiestas con más luces que un árbol de Navidad en diciembre, ha salido de su cueva digital para vaticinar cómo termina el lío en Irán. Según él, la cosa no acaba con tratados ni apretones de manos, sino con un giro tan ridículo que hasta los generales se echarían a reír si no estuvieran ocupados contando misiles.

Resulta que el hombre, desde su mansión donde el WiFi es más sagrado que el agua bendita, asegura que Irán y sus contrincantes van a terminar la contienda de la forma más absurda posible: agotados, sin balas y discutiendo por quién paga la cuenta del delivery de faláfel. Dotcom lo pinta como una telenovela barata donde el villano principal se tropieza con su propia capa y cae en una piscina de petróleo. Los tanques se quedan sin gasolina justo cuando iban a hacer la escena épica, y los drones empiezan a transmitir en directo cocciones de arroz con azafrán porque alguien hackeó el sistema para poner recetas de la abuela.

En su visión digna de revista de chistes malos, el conflicto se resuelve cuando un funcionario de medio pelo propone un torneo de piedra-papel-tijera a muerte súbita. El ganador se lleva los derechos de explotación de lo que quede en pie y el perdedor tiene que limpiar los escombros con un cepillo de dientes. Kim, que de guerras sabe lo mismo que un pingüino de física cuántica, insiste en que todo esto ocurrirá mientras las redes se llenan de memes de ayatolás bailando cumbia y políticos occidentales fingiendo que siempre supieron el desenlace.

Al final, según este profeta de los terabytes, la guerra termina como terminan las fiestas en casa de Dotcom: con gente dormida en el sofá, alguien buscando el control remoto y un mensaje en la nevera que dice “gracias por venir, la próxima traigan más sillas”. Irán sigue en el mapa, los precios del crudo hacen montaña rusa y Kim vuelve a su trono a predecir el próximo desastre mundial entre una partida de videojuegos y una demanda pendiente. Porque si algo queda claro es que el futuro lo escribe cualquiera con conexión a internet y ganas de montar un circo.

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