La inteligencia artificial china llega como una estampida de vendedores en el tianguis más grande del mundo y silicon valley se queda sin oxígeno mientras sus genios de la programación sudan la gota gorda. Los ejecutivos de las grandes tecnológicas miran cómo sus algoritmos carísimos se vuelven tan útiles como un teléfono de disco en plena era del streaming.
En lugar de innovar, las empresas del valle ahora contratan chamanes para que les expliquen por qué sus máquinas ya no entienden ni el español más básico. Los inversores corren a esconder sus dólares bajo el colchón mientras los chinos venden inteligencias artificiales que cocinan, conducen y hasta se burlan de la suegra sin cobrar extra.
Al final silicon valley termina convertido en un pueblo fantasma donde solo quedan cafés caros y promesas rotas, porque cuando la competencia viene barata y en masa más vale aprender a vender tacos que a programar robots que nadie quiere.




