El presidente se ha levantado con el pie izquierdo y ha decidido que todos los países le deben una fortuna por haberle cobrado impuestos a sus productos como si fueran sobornos en una cantina de mala muerte. Según él, desde hace décadas le están vaciando los bolsillos mientras él solo quería vender coches y maíz sin que nadie le pusiera multas.
Ahora amenaza con subir los aranceles hasta que el resto del mundo se arrodille y le devuelva hasta el último centavo, como si estuviera cobrando una deuda de bar después de una noche de tequila. Los analistas ya imaginan las reuniones diplomáticas convertidas en peleas de mercado donde cada nación regatea como tendera en el tianguis.
Al final, la solución parece ser que todos paguen con intereses o que Trump se quede con los muebles de la Casa Blanca para saldar la cuenta. Porque cuando el enojo llega a ese nivel, más vale cerrar el trato con un grito y una cerveza bien fría.



