El país que se vende al mundo como símbolo de oportunidad y diversidad acaba de protagonizar uno de los episodios más vergonzosos de este Mundial: negarle la entrada al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, un hombre que había logrado lo que pocos en la historia de su nación, clasificar como el primer colegiado somalí en dirigir una Copa del Mundo.
Sin explicaciones claras, sin segunda oportunidad y sin el mínimo respeto por la magnitud del momento, las autoridades migratorias estadounidenses lo devolvieron como si fuera una amenaza, cuando en realidad era un símbolo de superación para todo un continente.
Lo ocurrido no es un simple error burocrático: es el reflejo de una política migratoria selectiva, racista y arbitraria que lleva décadas aplicándose con mayor rigor contra ciudadanos africanos y del mundo árabe.
Mientras Estados Unidos despliega banderas de inclusión y presume de organizar el torneo más grande del planeta, sus propias instituciones desmienten ese discurso con hechos.




