Los demócratas acaban de ganar las elecciones de medio mandato como quien se lleva el primer premio de la lotería, solo que en vez de comprar un yate se pusieron a revisar las facturas del jefe naranja. A partir de enero, cuando juren los nuevos diputados, van a poder meter mano en el presupuesto, armar comisiones de investigación y convertir la vida de trump en un capítulo de telenovela mexicana de las de las cinco de la tarde.
Hakeem Jeffries ya avisó que lo primero que van a hacer es defender el medicaid como si fuera la última cerveza del refrigerador. Quiere acabar con los recortes que dejó la ley de trump del 2025 y, de paso, tratar de frenar esa guerra contra irán que ha subido el precio de la gasolina como si cada barril llevara un impuesto de suegra enfadada. También prometió tumbar los aranceles que trump puso sin pedir permiso al congreso, todo en las primeras cien horas, como quien se levanta temprano para limpiar la casa antes de que lleguen los suegros.
La otra gran promesa es abrir investigaciones por corrupción a diestra y siniestra. Jeffries soltó que van a exigir cuentas a los que “le han infligido al país una corrupción sin precedentes” y robert garcía ya está avisando por x que “llamen a sus abogados”. Imagínense a pete hegseth, markwayne mullin y scott bessent recibiendo citaciones como si fueran a un reality de supervivencia política. Los procesos de destitución tendrían tantas posibilidades de salir adelante como una boda entre trump y la cámara de representantes.
Aun así, el republicano sigue teniendo cartas bajo la manga. Puede vetar cualquier ley como un abuelo cascarrabias que apaga la tele cuando no le gusta el programa. Además, puede seguir firmando decretos migratorios como si estuviera jugando al sims con la frontera. Los demócratas tienen mayoría, pero trump sigue teniendo el mando a distancia del poder ejecutivo y la cara de no importarle un comino.
En resumen, washington se va a parecer a una casa donde los hijos recuperaron el control del mando, pero el padre sigue teniendo las llaves del coche y la cuenta del banco. Prepárense para dos años de gritos, portazos y alguna que otra investigación que va a sonar más a culebrón que a política seria.



