Decenas de miles de personas salieron otra vez a las calles francesas como si fueran aficionados al fútbol en plena final, exigiendo subidas de sueldo y que los institutos no parezcan decorados de película de terror. Macron, con la cara de quien ha visto a la suegra llegar sin avisar, convocó reuniones urgentes con sindicatos y estudiantes para apagar el incendio antes de que se le queme el chalet.
Las cifras bailan como en un concurso de televisión: las autoridades contaron 146.000 manifestantes mientras los organizadores subieron la apuesta hasta 250.000, todo en un ambiente que empezó festivo y terminó con gases lacrimógenos repartidos como caramelos en carnaval. En Burdeos también hubo empujones con la policía, porque en Francia hasta las marchas parecen partidos de rugby sin reglas claras.
La líder ultraderechista Marine Le Pen lidera las encuestas como quien gana la lotería mientras el resto compra décimos. Los estudiantes, hartos de aulas que parecen sótanos y de un sistema de acceso universitario más opaco que un chiste mal contado, ya tienen huelga convocada para el martes. Macron, con medio año de mandato por delante, parece un actor secundario en su propia serie mientras el guion se le escapa de las manos.



